Renovarse o morir: aquellos libros, estos tiempos

Permanece en mi memoria, todavía, el título del primer libro que me regalaron cuando apenas tenía, creo recordar, ocho años. La portada era lo más atractivo del cuento, de cartón duro e impresa con dibujos finamente estampados y rellenos con brillantes y llamativos colores.

 

arquera mitica

 

El ruiseñor y la rosa” era su título, de Oscar Wilde y de la Editorial Bruguera y en la “Colección Para la infancia”. Dentro, seis  dibujos distintos y distribuidos a lo largo de todo el cuento, esmeradamente perfilados, dando la sensación de esos cuidados y finos bocetos hechos a tinta china.

Todo lo demás, letras y más letras en muy pequeño tamaño para hacerlo cercano a un infante, a mi parecer.

Posteriormente llegó, con 9 años, el primer libro que me cautivó eternamente. No lo hizo por sus dibujos, ya que tenía apenas un par de ellos en blanco y negro salteados en algunas de sus páginas. Tampoco, en un principio, por su portada, diseñada con un solo color y diferenciada en varias tonalidades de azul. Su título, “La isla de los delfines azules” de Scott O’Dell, me sedujo notablemente.

Y no precisamente por mi afición a la lectura, que todavía no la tenía, sino porque los largos días que tuve que permanecer en cama,  permitieron que mi padre, siempre con buen tino, tomara la decisión de acercarse a la librería más cercana a nuestro domicilio, pidiera consejo al librero y volviera con él en la mano obsequiándomelo para mi placer y para mis días de reposo continuo. Si acertó o no en su momento, de eso yo no fui consciente, pero la chica que aparecía en la portada con un arco de flechas en su mano y portando a sus espaldas  un carcaj o aljaba, como una auténtica heroína, superviviente en una isla desierta, despertó  en mí el ansia de lectura hasta entonces algo dormida.

la isla de los delfines azules

 

 

El caso es que guardo ambos libros que me iniciaron en este mundo de la lectura como oro en paño. Entre medio, aparecieron los “colorines” de “El jabato”, “El capitán Trueno” y “El llanero solitario” “Zipy y Zape”, “Carpanta” y otros tantos. Los otros, los de la colección Azucena para niñas, no pasaron por mi mano. Los veía ridículos y además no los entendía. Me gustaban más los de acción ya que  los de princesas y príncipes  los veía irrealizables, lejanos e inalcanzables a mis ojos.

Más tarde seguí siendo lectora de horas solitarias, engullendo lo que caía en mis manos incluidos comics y tiras de humor, pasito a pasito. Llegó otra etapa de poesía, de prosa poética, de cuentos infantiles, de pedagogía y psicología, ensayos y un largo etc. Todo ese bagaje se ha ido acrecentando a medida que han ido llegando nuevas necesidades personales, nuevas ansias de descubrimientos; en definitiva, nuevas perspectivas.

Hoy irrumpen en nuestro círculo los e-books, como así lo hicieran antaño la radio, la televisión, los teléfonos móviles, los ordenadores… Los tenemos ya entre nosotros y se dispensan como si de rosquillas se trataran, compitiendo distintas marcas por ofrecer calidades cada vez más altas, con mejores prestaciones y diseños estéticos que capturan al posible y futuro comprador. Los hemos palpado, nos atraen. Particularmente, todavía no tengo ninguno en mi poder. Si los he experimentado ha sido a través de las de personas cercanas a mi círculo personal, que son más dadas que yo a utilizar las nuevas tecnologías nada más comercializarse. Yo me lo pienso más y siempre recurro a ellas, a mis amistades, cuando al final decido tomar mi decisión para renovarme. ¿Renovarse o morir? Me planteo. ¿Es entonces éste, el principio del fin de los libros impresos en formato papel y que nos han acompañado a lo largo de toda nuestra vida? En la cama, en la escuela, en el instituto, en la universidad, en la escuela otra vez, en casa, en la azotea, en la playa, en el campo, en la guagua… Cuando tengo un libro entre las manos me pasa lo mismo que cuando escribo con pluma estilográfica sobre papel, en una cuartilla o en un folio. Experimento un placer especial. Alguna vez he escrito sobre ese arte caído en desuso y casi desconocido para algunos jóvenes: la caligrafía, pero abundar en ello lo dejo para otro momento.

Gratas sensaciones de olfato, tacto, vista y casi de oído me tientan y me emocionan al pasar cada una de las  hojas del libro que tengo entre las manos. Y llegar a tenerlo entre las manos supone todo un  proceso continuado; desde dirigirte a la librería de turno, preguntar al librero, sentir la duda un tanto expectante de si lo tienen o no. O bien, dirigir tus propios pasos, libremente, a la estantería en dónde están colocados por temas y hacer tu búsqueda personal. El mismo gusanillo lo sientes en tu interior. Luego, pagas, te lo empaquetan, lo llevas a casa, lo desembalas o desembolsas, y finalmente lo abres. De nuevo, pones todos tus sentidos a funcionar. Se abre un poderoso y sensitivo mundo ante ti, y hasta que no lo acabas de leer y de absorber, no estás tranquila. El libro y tú forman una común unión de sentido, sensibilidad, aprendizajes y proyecciones inconscientes que, sin saber de qué manera, se va adueñando de ti como si pasara a formar parte de tu persona. Hasta que llega el día en que lo terminas y vuelves a la libertad de elección de otro amor, con otros gustos, con otra idea tal vez más ampliada, pero sin dejar de recordar el anterior que tanto te comunicó y que tanto te aportó.

Ahora nos están bombardeando con estos nuevos artilugios, llamados e-readers y e-books, que no puedo manosear, que no puedo subrayar, en los que no puedo hacer anotaciones a los lados o a pie de página, donde no puedo poner un marcador, o dos o tres según conveniencia de la lectura. Tampoco puedo doblar apenas y por un ladito la esquina de la hoja…

marcalibro

 

 

No digo que en un futuro, quizás bastante cercano, no tenga entre mis manos uno de ellos. Se me están yendo los ojos a los distintos modelos que me llegan a través de diferentes anuncios publicitarios. Pero el caso es que leo en las noticias y a través de internet, que si yo deseo publicar mi propio e-book lo puedo hacer de una manera personal, sin intermediarios y sin la tardanza que supondría hacer pasar un libro por imprenta a través de páginas web como bubok o lulu. Y que incluso, mi libro, mis memorias, mi poesía, mis pláticas, mis dibujos… o lo quiera que sea, no tendrían que pasar por ninguna editorial, ni por ningún equipo de redacción, corrección, etc.

Entonces, ¿Qué razón tienen ya las editoriales? ¿Qué razón para sus equipos de trabajo, sus formatos, sus lanzamientos, su presentación…, si existen ya personas que autopublicándose su propio libro han llegado a un nivel de ventas (o descargas) muy superior al que hubiera tenido su libro expuesto en la estantería de cualquier librería? Así las cosas, ya me han entrado  ganas de explorar la manera de ir diseñando mi propio e-book. De momento, garabateo un poco, o mejor dicho, tecleo un poco en este ordenador mío que, además me guarda todo sin yo proponérmelo, corrige si se lo ordeno y amplía su letra en la forma y tamaño adecuados para beneficio de mi miopía. Y, hay que admitirlo, me está facilitando mucho mi tarea. Tal vez mañana y en un futuro algo lejano y, aunque yo no  tenga el deseado formato impreso en papel entre mis manos, y no lo pueda manosear, olfatear, subrayar, marcar… etc. Tal vez mañana digo, y mediante ese posible y futuro e-book personal, llegue a ser una escritora archiconocida en este mundillo llamado ciberespacio en menos de lo que canta un gallo.  Y tal vez sea más leída que si lo hiciera a través del tradicional libro de imprenta. Tal es el caso de John Locke, el “autor del millón de e-books”.

Mientras, sigo asombrándome porque hace apenas cuatro años, ni tan siquiera sabía lo que era un blog, para qué servía y lo que me podía deparar. De no haber sido por mi amiga Alicia, que insistió en abrirme uno enseñándome el arte y las destrezas de este mundillo, no estaría “on-line”. Por mi parte, ni tan siquiera era consciente de que tenía algo que contar, aunque a la callada hiciera las veces de amanuense. Por aquel entonces, ya tenía algo publicado por mí, artesanalmente, en pequeñas libretas a rayas o cuadriculadas, con dibujos y diseños personales. Guardaba, con recato, mis pequeños relatos, vivencias, poesías, dibujos… antes de conocer el mundo de internet. Después de todo, tantos avances, tanta tecnología y yo sin enterarme de que fui una adelantada en esto de la auto publicación.

 

 

 

 

 

 

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